Una historia sin encanto

Creo que mi mayor fortuna es vivir rodeado de la montaña, me gusta despertarme con el sonido del gallo y el rayito de sol en mi ventana. He visto que muchas personas se van de mi pueblo, me causa tristeza ya que las veo llorando y en sus rostros se refleja angustia. No entiendo porque se van si lo tenemos todo aquí.

La casita donde me estoy quedando es la de mis abuelitos, vivimos hace mucho tiempo en ella. La verdad, hace mucho no sé de papá, me siento bien y creo que es lo mejor para mi familia, pues lo veía siempre con una botella tapa azul y dormía todo el día, tal vez sea esa es la razón por la cual ya no vivimos con él. Mi mamita nunca se atrevió a decírnoslo, pues piensa que mi hermanito Hugo y yo aún somos muy pequeños para entenderlo.

¡Ay! Se me olvidaba, mi hermano mayor, Toño, vive con los señores de traje verde y botas negras. Creo que esto a mi familia no le agrada mucho, porque cuando ven a estos sujetos se ponen nerviosos y nos intentan esconder; eso me hace enojar porque quisiera estar con ellos para poder ver a mi hermano y viajar junto a él.

Recuerdo muy bien el día que Toño se fue con esos señores. Estaba en la escuelita cuando empezaron a sonar unas alarmas, las profesoras nos hicieron guardar lo que teníamos en nuestros pupitres. Al principio todos nos pusimos nerviosos por los sonidos y por la forma de actuar de los mayores, aunque debo confesar que estaba un poco feliz de haber suspendido la actividad en clase ya que no tengo colores y no me gusta pedir prestado.

Pasó un rato, creo que pudieron ser horas, nos dejaron salir y en la entrada me estaba esperando mi abuelita con la cara roja, la verdad cuando la vi se me pareció a mi hermanito Hugo, así queda cuando llora sin parar, no le pregunte nada y tomamos el camino para la casita. Cuando llegamos noté que todos estaban un poco serios, al igual que mi abuelita, parecía que acababan de llorar, no quise hacer preguntas, esa noche mi abuelo no durmió al estar cuidando la entrada.

Cuando las cosas estaban más calmadas, mi mamá me explicó que la desaparición de Toño era porque se había ido con esos señores y estaría por mucho tiempo fuera de casa. La verdad tengo mucha ilusión de volverlo a ver y que me ayude a hacer mis tareas.

Últimamente me gusta mucho ir a la escuelita, estamos sembrando plantas alrededor y disfruto hacerlo. De grande quisiera cuidar la finca con mi abuelo y poder tener muchas plantas y animales.

Estas semanas han venido señores a mi casita a llevarse las gallinas y las dos vacas que teníamos, quise ayudar a mi abuelo, pero él mismo nos hizo escondernos debajo de la cama junto a mi abuela y mi hermano. Estas cosas me han tenido un poco inquieto porque así inician las historias de quienes se van de la tierrita.

Mi mamita decidió irse a la esperanza llamada capital, dijo que era para asegurarnos un mejor futuro, pero yo no quiero repetir la historia de muchos del pueblo y menos tener en mi corazón este sentimiento de rabia. Mis días con los abuelos no han sido fáciles, me sorprende que la abuela llora más que Hugo porque dicen que los niños son los débiles.

El sábado, por cierto, mi día favorito, ayudé a mi abuelo a cortar el pasto que crecía alrededor de la casita. Mi abuelita hizo mi almuerzo favorito, frijoles y patacón, disfruté cada bocado del plato. Estuvimos arreglando un poco, queríamos tener un mejor lugar donde a pesar de tanto caos tuviéramos un poco de tranquilidad.

Terminamos en la noche, tomamos aguadepanela con queso los cuatro y conversamos un poco. Después de unos cinco minutos empezamos a escuchar a lo lejos un estruendo, mi abuelo y mi abuela se entendieron con la mirada y nos pusieron los zapatos con mucha rapidez. Me empecé a asustar y pregunté qué pasaba, pero no tuve una respuesta. Mi abuelo apago la luz y la vela que estaba en la mesa, se asomó por la ventana y dijo; tenemos que salir ya.

Mi abuela puso en sus brazos a mi hermano y me agarró de la mano, salió mi abuelo y nosotros detrás. Empezamos a correr entre la maleza, cada paso me alejaba de mi lugar feliz, empecé a imaginar que podría pasar. Paramos de correr cuando escuchamos unos pasos, mi abuelo nos hizo agachar, estábamos sudando y temblando de miedo. Estuvimos en esa misma posición unos tres minutos, hasta que una voz nos encontró.

Don José lo estaba buscando, usted sabe que no me gusta jugar a las escondidas; se dirigió a mi abuelo. En ese momento comprendí lo que pasaría, tomé mucho aire, miré a mi abuelo y vi su cara de miedo, recordé todo lo que había vivido junto a mi familia y mis amigos en la escuelita, vi por última vez a mi abuelita a los ojos y decidí cerrar los míos para escuchar el profundo silencio.




Laura Juliana Patiño Rodríguez

Redacción I

Comunicación Social - Periodismo

Universidad del Quindío

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