SONORA: Capítulo 2

Updated: Jun 9

Un jardín que sembraba esperanza


Juan Pablo Fernández Monsalve

Maria Angélica Molina Martínez

Liz Dayan Blandón Muñoz

Manuela Araque Triviño




Subiendo la cordillera occidental colombiana, el reloj corre para marcar el tiempo de aquellos vehículos que transitan carreteras alguna vez pavimentadas y ahora en mal estado, evidenciado con el inclemente paso de los años. A más o menos una hora de distancia de Trujillo, Valle del Cauca, y en medio de múltiples tonalidades verdes de la vegetación que acompaña a la zona montañosa de este municipio; se encuentra La Sonora, un pequeño caserío que no todos conocen, y que en los días fríos cuando se oculta el sol, se esconde entre una niebla de color blanquecino que da la bienvenida a lo que alguna vez fueron días inolvidables; días cuyo paisaje se dibujaba desde una calle principal, adornada por bellos y grandes cafetales; cultivo que ha representado parte importante de la cultura de nuestra nación. A un lado de la carretera, según recuerda don Alberto Ospina, se extendían aproximadamente veinticuatro casas, en su mayoría de barro; que daban refugio a los habitantes del sector y que a su vez se alimentaban de un río llamado Cáceres y que zigzagueaba detrás del caserío.


Como muchos pueblos alejados de las zonas más desarrolladas del país, la vereda contaba con una carretera destapada donde hacían uso de dos medios de transporte público: la chiva, un arcoíris en el camino que con sus alegres colores, marcaba las rutas de Cristales, Naranjales y Andinapolis, y que aún hasta el día de hoy recorre esos caminos magullados por el tiempo y los horrores allí ocurridos, y los jeepetos -un símbolo de las expresiones más autóctonas del paisaje rural y el folclor colombiano, quienes cargan una asombrosa cantidad de todo tipo de equipaje- cuyo número ha disminuido en la actualidad.


En la distancia se conmemora un fragmento de esta historia, donde la población en su mayoría era gente humilde, vivían de manera tranquila y parecían no tener preocupación alguna fuera de la causada por la tierra o algo similar… ricos cultivos de mora, lulo y café, eran la base de su economía; junto con el comercio de madera, la cual era talada de los árboles que crecían a sus alrededores.


El corregimiento se caracterizaba por la grandiosa alegría y paz que allí habitaba, o como lo expuso don Alberto Ospina “nunca tuvimos problemas”, frase que marca un recuerdo que se vió opacado en épocas oscuras para el país. Si bien no había mucho dinero, en este caserío que solo contaba con una escuela y un centro comunal, los habitantes se reunían a hacer fiestas, a celebrar ocasiones alegremente; los asistentes, que no solo eran del lugar, venían también de las veredas y corregimientos cercanos a disfrutar con armonía de las diferentes festividades.


“… Desde mi niñez he habitado La Sonora, afortunadamente levantamos una juventud muy sana. Tengo memorias de que en el lugar solo había un inspector, y honestamente lo teníamos como adorno, ya que allá nunca había problemas de ningún tipo, era un pueblo olvidado y a pesar de esto una vereda muy alegre, la gente era muy unida y muy honrada.” Expresó nostálgicamente Alberto Ospina, ex habitante del sector.

Pero lo que era la vereda por esa época, tristemente se convirtió en un recuerdo de sus habitantes, pues la bandera de Trujillo, de colores Amarillo y Verde, se vio manchada de un tenebroso rojo carmesí, en medio de un remolino de sucesos violentos que abrumó sus corregimientos y cabecera municipal, pero que también se extendió a municipios como Río Frío y Bolívar.

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