Claveles club

Updated: Jun 15


El portón incesantemente húmedo de la casa de Elías Castillo conducía a una puerta que rara vez se abría, el interior tibio y lleno de vaho abrigaba a un anciano de ya sesenta y siete años, el café hirviendo goteaba sobre la tetera metálica y el reloj de la cocina señalaba las 5:45 de la mañana.

El señor Castillo bebía su café sin sorber, como si en la inmensa casa hubiera alguien que pudiera escucharlo, con una lentitud digna de un veterano de guerra soltaba la aguja de su gramófono sobre el disco de todos los días y no era por falta de otros, simplemente sentía que no existía una canción mejor para acompañar un café, habrían pasado dos minutos de la voz de Julio Sosa haciendo eco entre los rincones cuando bajo la puerta hermética se deslizó una hoja de colores vívidos, publicidad de una taberna cerca a su casa.

Tomó entre sus manos temblorosas el papel y leyó en voz alta: Bar las Magdalenas, mucho más de lo que puedes soportar. Una mezcla de confusión y enojo subió por su cabeza y enserió el entrecejo – ¿cómo es posible? Un antro en este barrio- hizo del papel una bola y la tiró contra el suelo, caminó a la puerta y al abrirla su jardín estaba tan solo como él, ya el repartidor montaba su bicicleta y seguía entre la niebla pedaleando, caminó entre las rosas pasando por la pared de Buganvillas, había allí lavanda y hortensias y los vecinos del señor Elías afirmaban que nunca habían visto un templo a la ornamentaría como el de él, próximo al portón vio sus amados claveles y al inclinarse para olerlos observó que habían sido arrancados sin piedad uno o dos de los ejemplares, se llenó de cólera y salió a la calle a buscar al joven ciclista sin éxito alguno, la niebla le había devorado y era imposible percibirlo, el frío de la mañana lo obligó a regresar a su casa. Refunfuñando.

Todo el día estuvo en casa caminando mientras soltaba de su boca cada insulto y maldición que se sabía, los champiñones en el horno se gratinaban con el queso y la ciudad quieta albergaba un silencio mortuorio. El reloj de la sala daba campanazos leves que dejaban descubrir las seis de la tarde, la mesa puesta con anterioridad, el vino descorchado, los champiñones burbujeantes, el anciano impecable –buen provecho- dijo sin contestación.

El portón se sacudió y el viejo se levantó enseguida, abrió la puerta y vio a un joven de unos 17 años en su jardín, masacrando con odio sus hortensias o eso fue lo que le pareció, el bandido llevaba tres indefensas en su mano derecha y en la izquierda un brillante abrecartas –así te quería encontrar infeliz- gritó Elías –deje de ser sapo cucho marica- le respondió el joven llevándose el abrecartas a los labios y la mano a la entrepierna en señal de protesta. Saltó el muro del vergel y montó su bicicleta. Cuando el cano llegó a la contrapuerta el joven ya había desaparecido. Nunca olvidaría ese rostro ni el cabello largo que caía sobre sus hombros.

La oración de todas las noches iba sobre líbranos de todo mal, cuando se escuchó a lo lejos música eufórica y animada, Castillo se paró frente a su ventana y miró a lo lejos la luna –será una noche larga- se dijo, disponía a cerrar su cortina cuando observó al intruso cortando sus rosas, rápido pero silencioso tomó la pistola con la que acostumbraba cazar patos y disparó, el joven cayó en la mitad del jardín.

Le sangraba una pierna mientras con fuerza mordía su camiseta, el anciano salía de la sala y con su bastón le oprimió la herida –así quedan todas las ratas- le dijo, ¿por qué te llevas mis flores? Y todas el mismo día, -son para la mujer que amo- contestó entre sollozos -quiero hacerle un ramo digno- agregó. –Levántate y lárgate- demandó don Elías.

Se levantó y al dar su primer paso cayó de nuevo al suelo –no puedo, ayúdenme por favor- el veterano entró a su casa y cerró la puerta, quince minutos después llevaba puesto un traje y un saco y caminó con el joven herido. ¿Dónde vives?, al lado de las Magdalenas, calle princesa casa 26, al llegar al sitio el viejo se sintió extrañamente tranquilo, aunque miraba con desdén a las putas que pasaban frente a él.

Se sentó en su cama y escuchaba la música del burdel, sentía el frío que entraba por la ventana carente de cristal, experimentó, como todos los días, entera soledad pero ahora era consciente de ello, tomó su saco y regresó, apartó una mesa y vio al joven con una venda en la pierna entregar todas las flores a una mujer que podría vérsele la piel de la entrepierna si se miraba con atención. Tomó una botella de ron y se embriagó entre mujeres que le decían al oído cualquier cantidad de cosas que un anciano quisiera escuchar.

-No hay nada como casa- dijo al despertar con la cabeza contra una mesa. La tetera metálica rebosante de café le daba los buenos días al cano con un interminable dolor de cabeza, sentía la necesidad de regresar pero solo abrían hasta las ocho de la noche, caminó a la casa del joven con medicamentos y pan –tengo un trabajo para ti- le dijo y le entregó un paquete lleno de volantes –no estaré solo nunca más- señaló y se fue.

Esa tarde bajo las puertas de cada casa del silencioso barrio había un papel que decía: “Claveles Club, abrimos en diez días”.



Juan Esteban Ospina

Redacción I

Comunicación Social - Periodismo

Universidad del Quindío

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