Candelaria en la ciudad



Hoy Lucía no fue a la escuela… Claro, cada día olvido que desde hace un mes no vamos a la misma escuela, extraño a Lucía, también a Maicol y a Nelson, pero sobre todo a Lucía. Ella me escuchaba siempre, yo le contaba todo sobre mí y ella también lo hacía, me contaba sobre los ratones que le llevaba su gata Lulú, me contó cuando Ramona la vaca más lechera de todas las que había en su finca tuvo gemelos, una ternera y un ternero a los que llamó Julieta y Romeo porque la idea se la di yo.

Extraño la finca, arrear las vacas y encerrar los terneros, extraño el paso por la quebrada al que le tenía tanto miedo -Que raro, nunca antes pensé que pasar por el árbol caído sería algo que me haría tanta falta- extraño caminar por la montaña, ver sus distintos verdes y escuchar los copetones en la madrugada. Aquí en cambio, he conocido un mundo nuevo, hace frío y las personas todo el tiempo van de afán, caminan rápido o corren, muchas veces se empujan o pelean, ya no escucho los copetones, desde muy temprano hasta muy tarde se oye el ruido de los carros y la voz del payaso de la esquina que con un micrófono da el precio del pollo asado, el broaster y los combos. Los edificios, son tan altos que de muchos no logro ver el final y de otros he intentado contar las ventanas, pero al parecer son infinitas.

A pesar de que el pueblo quedaba lejos de la finca disfrutaba el camino montada en Rosita la yegua de papá, mientras tanto podía ver el cielo, disfrutar del aroma de las matas de café y de los árboles de limón. Aquí en cambio hay calles con malos olores, paredes grises y sucias, ya no tenemos a Rosita y aquí nadie viaja a caballo, con mamá cuando vamos al centro debemos subir y bajar en buses de distintos colores: verdes, azules y el más incómodo porque siempre está muy lleno es uno rojo y largo, que si lo ves de lejos parece un acordeón.

Me he imaginado muchas veces regresando al pueblo, regresando a la finca agarrada de la mano de papá, me imagino consintiendo a Suzy y a Ramón, aún lloro cuando recuerdo sus miradas tristes y confundidas el día que se quedaron porque tuvimos que salir corriendo de la finca, estoy segura que escuché aullar a Ramón de tristeza, mamá dijo que me lo imaginé, pero aun creo que era por evitarme el dolor. Prometí regresar a consentirlos y a darles toda la comida rica que desde hace un mes no les damos, también abandonamos a Pancho, veinte años ya tiene ese loro y a Lunita la gata que recién había llegado. El vecino Francisco prometió cuidarlos a todos, sobre todo a las dos vacas, él dijo que no se iba porque tenía que cuidar de los animales de su finca y así como mamá, la familia Rodríguez y García también le pidieron que cuidara a los suyos. El vecino Francisco es muy valiente, parece que no le tuviera miedo a esa gente que es la misma que se llevó a Danilo hace tres años y a papá hace mes y medio, ninguno aún ha regresado, yo si les tengo miedo y mamá también, en las noches la escucho llorar estoy segura que papá y Danilo le hacen mucha falta, a mí también, pero no lloro para que ella no se ponga más triste. Tampoco le doy preocupaciones, siempre le digo que en la escuela todo va bien, que tengo buenos amigos y que me gusta estar allí, pero esto no es del todo cierto, aunque mis compañeras son buenas me siento sola sin Lucía, sé que soy diferente, hablo diferente y me visto diferente. Algunos compañeros dicen cosas feas, pero la verdad eso a mí no me importa y por eso no les pongo atención.

Lo bueno de la capital es que ya no escuchamos las balaceras, aunque en el pueblo y la finca antes solo se escuchaban los animales, el viento y el agua pasar, lo cierto es que desde hace tres años las balaceras no paran, apenas empezaban teníamos que correr y encerrarnos todos en el baño para que ninguna bala nos alcanzara, algunas noches enteras las pasamos ahí hasta que después de un rato de que todo se calmara salíamos, pero ya no podíamos vivir en paz. Luego de lo de Danilo a mamá le preocupaba cuando papá se iba a trabajar y yo ya no podía ir sola a la casa de Lucía porque era peligroso, duramos mucho tiempo con miedo, pero no nos íbamos porque quién iba a cuidar de la finca, eso pensábamos hasta que papá no regresó y luego de dos semanas mamá recibió una carta de esa gente que decía que, si no nos íbamos en 24 horas, nos iban a matar.

Ahora vivo en la ciudad, donde todos son diferentes, las personas se visten de maneras distintas, tienen el pelo de colores y escuchan música que nunca antes había escuchado. Pero yo extraño mi casa, extraño a Lucía que por culpa de esa gente la última vez que la vi fue el día de su entierro, extraño a Danilo y sus consejos de hermano mayor, extraño a papá llamándome desde la loma “Candelaria de mis días” decía, me hacen falta los animales, por culpa de esa gente ahora vivo en la ciudad, por culpa de esa gente ahora sé que soy diferente, por culpa de esa gente el pueblo entero tuvo que abandonar sus tierras, por culpa de esa gente ahora muchas familias están incompletas, por culpa de esa gente ahora vivimos con miedo, por culpa de esa gente mamá llora en la noches, por culpa de esa gente solo pienso en volver a casa y aunque sé que no volveré a ver a muchos, lo único que quiero es que esa gente ya no esté.



Lina Gineth Cardozo Forero

Redacción I

Comunicación Social - Periodismo

Universidad del Quindío

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